Toda mi vida he estado viajando en un barco lleno de gente, la misma gente. Aprendí a levar anclas, arriar las velas; compartimos sueños en unos cuantos metros cuadrados. El infinito se situaba entre la proa y la popa, babor y estribor.
Un buen día llegó la tempestad, una de las mas fuertes que pasé, y caí al agua. Por primera vez pedí ayuda, supliqué, y no hubo respuesta. Me hundía más y más.
Las olas se hicieron imposibles, el cielo se oscureció, alumbrándose escuetamente por algunos rayos y relámpagos, e inevitablemente me vi arrastrada al fondo del océano.
Luché durante minutos, horas, días, no lo sé, a mí me parecieron años y cuando conseguí llegar a la superficie todo era calma, sol, paz y soledad. Allí ya no había rastro del barco, ni del mío ni de otros, por no haber no había ni peces, ni aves, ni... nada.
Y ¿ahora qué?, ¿buscar otros naúfragos?, ¿subir a otro barco?.
Simplemente aprender a nadar, disfrutar del agua, dejarme bañar por el sol, seguir el camino de las estrellas y encontrarme a mí.
domingo, 1 de noviembre de 2009
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